¿Practicas Reiki o solo haces Reiki?
Estefanía Villalobos

¿Practicas Reiki o solo haces Reiki?
Cuando tomé mi primer curso de Reiki, lo hice pensando en aprender a “hacer terapia”, como una herramienta que podía utilizar para ayudar a otros.
A pesar de que para ese entonces llevaba muchísimo tiempo viviendo con crisis de pánico, jamás pensé en Reiki como algo que pudiera poner en práctica en mí misma ni como una herramienta para mi propio proceso de sanación.
En aquellos años se hablaba poco —al menos en los espacios a los que yo tuve acceso— de la autosanación a través de Reiki o de comprenderlo como un camino de desarrollo personal. No fue algo que se abordara en el curso que tomé, ni tampoco una idea que encontrara fácilmente en la información disponible en internet.
Pasaron algunos años durante los cuales continué entregando sesiones de Reiki a otras personas mientras yo misma seguía experimentando ataques de pánico, hasta que ocurrió una situación especialmente estresante y volví a aquella desesperante experiencia de tener crisis prácticamente todos los días.
Fue entonces, estando profundamente agotada y sintiendo que ya no sabía qué más hacer, cuando decidí tomar aquella herramienta que durante años había puesto al servicio de otros y, por primera vez, dirigirla verdaderamente hacia mí.
Comencé a practicar todos los días.
Hacía Hatsurei Hō dos o tres veces al día, me aplicaba Reiki, respiraba recitando los Cinco Principios y volvía una y otra vez a la práctica. Día tras día. Hasta que llegó un momento en que me di cuenta de algo que me sorprendió profundamente: llevaba semanas sin experimentar un ataque de pánico.
Aquello que me había costado diez años de búsqueda, sufrimiento, angustia y frustración había comenzado a transformarse a través de una práctica constante.
Durante muchos años sentí que había perdido el control de mi mente, de mi cuerpo y de mi vida. El miedo llegó a condicionarme hasta el punto de dejar de estudiar, trabajar, dormir e incluso, por algunos períodos, comer con normalidad. Sin embargo, con el tiempo comprendí que incluso aquella etapa tan dolorosa terminó formando parte de un proceso mucho más profundo. Me llevó a mirar hacia dentro, a conocerme de otra manera y a descubrir que Reiki podía ocupar un lugar completamente distinto en mi vida.
A partir de entonces comencé a comprender Reiki desde otra perspectiva. Ya no podía verlo únicamente como una terapia realizada mediante la imposición de manos. Sino que empecé a comprenderlo como un camino de desarrollo personal. Un camino que nos invita a cultivar la amabilidad, la gratitud, la presencia, la serenidad y la paciencia. Un camino que contiene prácticas internas de purificación, observación, disciplina y autoayuda.
Reiki comenzaba a revelarse ante mí como algo mucho más amplio: una forma de vivir y una posibilidad de transformación.
Y es aquí donde aparece una pregunta que considero fundamental para quienes llevamos años recorriendo este camino:

¿Practicamos Reiki o simplemente hacemos Reiki?
Porque si Reiki existe únicamente en el momento en que entramos a un box, ponemos las manos sobre otra persona, encendemos música suave o preparamos un espacio para una sesión, estamos conociendo solo una parte del sistema.
¿Qué tiene Reiki para ofrecernos cuando salimos de ese espacio?
¿Qué ocurre con nuestra práctica cuando aparece un conflicto, cuando alguien nos incomoda, cuando tenemos miedo, cuando sentimos rabia, cuando la vida no sucede como esperábamos?
¿Qué significa realmente vivir Reiki?
Para muchos occidentales, Reiki es conocido principalmente como una terapia de imposición de manos. Sin embargo, esta concepción representa solo una parte de un sistema mucho más profundo.
La práctica de Reiki va más allá de la transmisión de energía hacia otra persona. Implica también un compromiso con nuestro propio crecimiento, nuestra disciplina y nuestro autoconocimiento. Un reikista no solamente acompaña procesos de otros. También está llamado a recorrer su propio camino.
Dentro de las enseñanzas tradicionales del Reiki japonés encontramos distintas prácticas destinadas precisamente al trabajo personal del practicante: meditación, respiración, purificación, autotratamiento y, por supuesto, la integración de los Cinco Principios en la vida cotidiana. Desde esta perspectiva, el trabajo interior no es un complemento de Reiki, sino que es parte esencial de la práctica.

En el Reiki Ryōhō Hikkei[1], documento tradicional atribuido a las enseñanzas de Mikao Usui, aparece una pregunta fundamental:
“¿Qué es el Usui Reiki Ryōhō?”
La respuesta atribuida a Usui nos entrega una visión considerablemente más amplia que la simple imposición de manos:
“Recitamos y aprendemos con nuestro corazón las enseñanzas (poemas) que nos legó el emperador Meiji, vivimos según los Cinco Principios establecidos por mí para buscar el progreso en la disciplina espiritual y física. Y para poder seguir el camino correcto como personas, en primer lugar, debemos sanar nuestra mente y, en segundo lugar, conseguir la salud física. Si la mente sigue el curso del camino de la verdad y esta por ello sana, el cuerpo se torna naturalmente sano. La misión del Usui Reiki Ryōhō es vivir una vida de paz y gozo, manteniendo como una sola entidad el alma y el cuerpo, y al mismo tiempo, sanar a los demás aumentando así nuestra propia felicidad, la paz mental y la felicidad de otros.”
Estas palabras nos invitan a mirar Reiki desde una profundidad diferente. No solamente como una herramienta terapéutica, sino como un camino de vida que busca cultivar equilibrio, armonía y una manera más consciente de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
El concepto de Reiki Dō nos acerca precisamente a esta comprensión: Reiki entendido como camino. Una senda de desarrollo personal en la que vamos transformándonos a nosotros mismos mientras avanzamos hacia un estado de mayor comprensión y serenidad.
Dentro de este camino aparece también el concepto de anshin ritsumei[2], asociado a un estado profundo de paz interior, en el que podemos permanecer conectados con nuestro propósito incluso en medio de las circunstancias cambiantes de la vida.
Si observamos Reiki desde esta perspectiva, resulta interesante notar que muchas de las primeras enseñanzas que recibimos no están dirigidas hacia la sanación de los demás, sino hacia nosotros mismos. La meditación, la respiración consciente, los métodos de purificación, el autotratamiento y los Cinco Principios son herramientas que nos invitan a observar y transformar nuestras propias tendencias internas.
Y quizás ahí se encuentra una de las dimensiones más profundas de la práctica.

Los Cinco Principios del Reiki no son simplemente frases que repetimos mecánicamente, son una invitación permanente a observar cómo pensamos, cómo sentimos y cómo actuamos. Nos invitan a mirar nuestra relación con la preocupación, la ira, la gratitud, el trabajo interior y la amabilidad.
Cuando realmente comenzamos a llevarlos a nuestra vida cotidiana, pueden convertirse en una especie de brújula interna. Cada situación cotidiana se transforma entonces en un espacio de práctica.
La meditación y la respiración consciente, por su parte, nos permiten observar nuestras tendencias mentales desde un espacio de mayor silencio y presencia. Con el tiempo, esta observación puede ayudarnos a reconocer nuestras emociones, nuestros automatismos y nuestras formas habituales de reaccionar. Y cuando somos capaces de observarnos, aparece también la posibilidad de elegir una respuesta diferente.
El autotratamiento ocupa un lugar igualmente importante.
Cuando practicamos Reiki sobre nosotros mismos no solo estamos dedicándonos un espacio de cuidado. También estamos entrenándonos en permanecer presentes, escucharnos y volver la atención hacia nuestro propio mundo interior.
Pero todo esto requiere práctica. No basta con conocer las técnicas. No basta con haber recibido una iniciación. No basta con saber dónde colocar las manos.
Reiki comienza a adquirir una profundidad distinta cuando sus enseñanzas empiezan a expresarse en nuestra manera de vivir.
Cuando comenzamos a responder en lugar de reaccionar. Cuando podemos observarnos antes de culpar. Cuando cultivamos paciencia en medio de aquello que nos incomoda. Cuando recordamos la gratitud incluso en períodos difíciles. Cuando elegimos la amabilidad no como una frase bonita, sino como una práctica cotidiana.
Eso no significa que dejemos de experimentar dificultades. Significa que empezamos a relacionarnos con ellas de una manera diferente. Con el tiempo podemos aprender a recuperar nuestro equilibrio con mayor facilidad, a observar nuestras emociones con más claridad y a comprender que cada experiencia de la vida también puede convertirse en parte del camino.
Por eso, después de tantos años practicando y enseñando Reiki, creo que vale la pena volver una y otra vez a una pregunta sencilla:
¿Estoy haciendo Reiki o estoy practicando Reiki?
Porque hacer una sesión puede tomar una hora, pero practicar Reiki puede involucrar toda nuestra vida.
Tal vez el verdadero desafío comienza precisamente cuando retiramos las manos del cuerpo del consultante, apagamos la música y salimos del espacio de terapia. Ahí comienza otra práctica. La de llevar Reiki a nuestras relaciones, a nuestras decisiones, a nuestros pensamientos, a nuestras dificultades y a la manera en que elegimos habitar cada día.
Y quizás sea justamente ahí donde Reiki deja de ser solamente algo que hacemos y comienza, verdaderamente, a convertirse en un camino.

Sobre la autora
Estefanía Villalobos
Maestra de Reiki y formadora de maestros.
La maestra de Reiki Estefanía Villalobos es formadora de maestros y cuenta con una de las comunidades de Reiki más grandes de Chile. Es creadora de la primera formación continua de maestros de Reiki que contempla los cuatro niveles de manera profesional.
Su camino comenzó desde la experiencia personal, encontrando en el Reiki una herramienta profunda de transformación que, con los años, se convirtió en su propósito: acompañar a otros en su propio proceso.
Ha dedicado su vida a la enseñanza del Reiki tradicional, formando terapeutas y maestros que hoy continúan expandiendo esta práctica en distintos espacios.