La infancia que necesita tiempo para existir
Por una educadora que aprendió a observar lo que el niño dice — y también aquello que todavía no puede expresar.

Mirar más allá de lo que aparece
A lo largo de mi experiencia como educadora de la infancia, aprendí que observar a un niño es mucho más que acompañar su desempeño, sus aprendizajes o su comportamiento.
Es aprender a mirar más allá de lo que aparece.
Un niño no siempre consigue decir que está cansado, frustrado, triste, ansioso o sobrecargado. Muchas veces comunica a través del cuerpo, del silencio, de la agitación, del juego, del dibujo, de la música o de un cambio repentino de comportamiento.
Y es justamente por eso que, en los últimos años, una cuestión ha llamado cada vez más mi atención: ¿cómo estamos construyendo emocionalmente la infancia en un mundo cada vez más conectado a las pantallas?
La infancia necesita espacio para jugar
No creo en una infancia sin tecnología.
La tecnología forma parte de la vida y puede enseñar, divertir, acercar y ampliar posibilidades.
Mi preocupación comienza cuando percibo que la pantalla pasa a ocupar espacios que antes pertenecían al juego, a la conversación, al movimiento, a la creatividad, a la naturaleza y al descanso.
Porque el niño necesita jugar.
Necesita inventar.
Necesita experimentar.
Necesita moverse.
Necesita aburrirse.
Necesita crear historias que no están preparadas en una pantalla.
En el juego, el niño también habla.
Un niño puede transformar una caja en una casa. Puede transformar un trozo de madera en una espada. Puede poner a dormir a sus muñecos. Puede crear monstruos, héroes, familias y mundos enteros.
Y, muchas veces, aquello que todavía no consigue explicar encuentra una forma de existir en el juego.
Cuando el niño expresa antes de hablar
Fue como educadora que aprendí a valorar este lenguaje.
El niño muchas veces expresa antes de conseguir verbalizar.
Puede no saber decir “estoy frustrado”, pero puede dibujar.
Puede no saber explicar un miedo, pero puede crear un personaje.
Puede no conseguir hablar sobre aquello que está sintiendo, pero puede cantar, bailar, jugar o simplemente cambiar su comportamiento.
Otras posibilidades de expresión y cuidado
Es desde este lugar que también comencé a mirar con interés las terapias integrativas y las diferentes posibilidades de expresión infantil.
No como soluciones mágicas y mucho menos como sustitutas de la psicología, la medicina u otros acompañamientos profesionales cuando sean necesarios.
Sino como recursos complementarios que pueden ampliar las posibilidades de cuidado.
La música, por ejemplo, puede ser un lenguaje emocional. La musicoterapia, cuando es realizada por un profesional cualificado, utiliza elementos musicales dentro de un proceso terapéutico estructurado.
El arte también puede abrir caminos.
En la arteterapia, dibujar, pintar, modelar y crear pueden ofrecer al niño posibilidades de expresión que no siempre pasan por el lenguaje verbal.
Y también están el juego, las historias, el movimiento, el contacto con la naturaleza y las prácticas corporales adecuadas para la infancia.

Antes de controlar, necesitamos reconocer
Todo esto me hace pensar que quizá no deberíamos enseñar a un niño simplemente a controlar sus emociones.
Necesitamos ayudarlo a reconocerlas.
“Esto es rabia.”
“Esto es miedo.”
“Esto es tristeza.”
“Esto es frustración.”
Y, poco a poco, ayudarlo a descubrir maneras de atravesar aquello que siente.
El tiempo para desacelerar
Otro aspecto que considero fundamental es el sueño.
He observado cómo la rutina contemporánea puede dificultar el momento de desacelerar.
El niño pasa el día recibiendo estímulos y, cuando llega la noche, muchas veces continúa frente a vídeos, juegos o dibujos.
Pero el cuerpo necesita aprender que existe un momento para detenerse.
Una historia antes de dormir.
Una música tranquila.
Una conversación.
Un abrazo.
Un ambiente más silencioso.
Pequeños rituales que ayudan a señalar que el día ha terminado.
Cuando se apaga la pantalla
Por eso, cuando pienso en el exceso de pantallas, no pienso solamente en el dispositivo.
Pienso en aquello que está siendo reemplazado.
¿Cuánto tiempo tiene el niño para jugar?
¿Cuánto tiempo tiene para conversar?
¿Cuánto tiempo tiene para moverse?
¿Cuánto tiempo tiene para imaginar?
¿Cuánto tiempo tiene simplemente para no hacer nada?
¿Y cuánto tiempo tiene para dormir?
Tal vez esta sea una pregunta aún más importante que contar las horas frente a una pantalla.
¿Qué estamos ofreciendo al niño cuando se apaga la pantalla?

Necesitamos devolver
Porque retirar no es suficiente.
Necesitamos devolver.
Devolver el juego.
Devolver la presencia.
Devolver la creatividad.
Devolver el contacto con el cuerpo.
Devolver la naturaleza.
Devolver las historias.
Devolver el silencio.
Devolver tiempo.
La presencia de los adultos
Como educadora, no creo en una infancia perfecta.
Creo en una infancia suficientemente acogida para que el niño pueda aprender, equivocarse, jugar, sentir, crear e intentarlo nuevamente.
Y también creo que los adultos necesitan estar presentes en este proceso.
No solamente físicamente.
Presentes de verdad.
Sentarse en el suelo.
Escuchar una historia que parece no tener fin.
Preguntar cómo fue el día.
Mirar a los ojos.
Percibir cuándo aquel comportamiento aparentemente difícil está intentando comunicar algo.
Quizás necesitamos hacer otras preguntas
Tal vez cuidar la infancia sea justamente aprender a hacer estas preguntas.
No solamente:
“¿Qué está haciendo este niño?”
Sino:
“¿Qué está sintiendo?”
No solamente:
“¿Cómo hago para que pare?”
Sino:
“¿Qué está intentando decirme?”
Y no solamente:
“¿Cuánto tiempo pasa frente a una pantalla?”
Sino:
“¿Cuánto tiempo tiene para vivir fuera de ella?”
Una infancia con tiempo para existir
La infancia no necesita una vida sin tecnología.
Necesita equilibrio.
Necesita límites.
Necesita sueño.
Necesita movimiento.
Necesita vínculo.
Necesita arte.
Necesita música.
Necesita historias.
Necesita naturaleza.
Necesita jugar.
Y necesita, sobre todo, adultos que comprendan que la infancia no es solamente una preparación para el futuro.
La infancia es el presente de un niño.
Y pasa rápido.
Por eso, quizás una de las formas más bonitas de cuidar sea devolver al niño aquello que el mundo acelerado le viene quitando:
tiempo para jugar, tiempo para sentir, tiempo para imaginar, tiempo para descansar y tiempo para simplemente existir.
Sobre la autora
Vanessa Lima Nunes es pedagoga, alfabetizadora, especialista en Culturas de la Infancia y neuropsicopedagoga. Trabaja en el área de la educación y dedica su labor a la observación y comprensión de los diferentes procesos de aprendizaje y desarrollo durante la infancia.
También es terapeuta de Mesas Radiônicas, lectora, curiosa e investigadora de terapias integrativas. Su experiencia como educadora alimenta una escritura marcada por la observación de la vida cotidiana, las reflexiones sobre la infancia y el interés por comprender diferentes formas de expresión, aprendizaje y cuidado.
Como colaboradora de la Biblioteca Mundo Reiki, Vanessa comparte sus experiencias y reflexiones sobre infancia, educación, presencia y cuidado integral.
📍 Pelotas – Rio Grande do Sul, Brasil
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